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  ¿Alguien recuerda el susto universal, los clamores de “nunca con seres humanos” que siguieron a la presentación pública de la oveja Dolly? Pues ya han llegado nuestros primeros semejantes clónicos, si bien no pasaron de tener cien células. El anuncio, hecho el 13 de febrero en la revista Science, ha sido recibido con preocupación por unos y celebrado por otros, pues abre el camino tanto al uso terapéutico de células madre embrionarias como a la creación de clones humanos. En realidad, ni lo uno ni lo otro están tan cerca. La relevancia del experimento consiste más bien en que supone una nueva forma de instrumentalizar embriones, una variante que se añade a las ya practicadas merced a la fecundación in vitro: criba eugenésica, diagnóstico pre-implantatorio para producir “bebés-medicamento”, uso de embriones “sobrantes” para investigar.

Rafael Serrano


18/02/2004.-

    Los especialistas de la Universidad Nacional de Seúl que han realizado el experimento no han omitido una declaración de buenas intenciones terapéuticas. “El fin que nos anima es tratar enfermedades incurables –ha dicho el director del equipo, Hwang Woo-Suk–. Creemos que esa es nuestra obligación como científicos”. Pero si el objetivo es aliviar o curar, es imperativo recurrir a los mejores métodos disponibles, dando preferencia a los que presentan posibilidades más seguras y comprobadas sobre los que ofrecen esperanzas lejanas e hipotéticas.

    Si de regeneración por células madre se trata, las únicas con que se han obtenido resultados clínicos son las extraídas de adultos, en especial las de la médula ósea, que desde hace años se emplean para tratar la leucemia. En los demás casos, no sirven de momento más que para unas pocas dolencias (infartos, granumalotosis…) y todavía es pronto para evaluar su eficacia a largo plazo. Pero con las células embrionarias no se ha conseguido pasar de los primeros estadios de investigación básica. Si además las células han de provenir de embriones clónicos, el camino es aún más largo. Como ha señalado el mismo Bernat Soria, científico español muy conocido por su campaña a favor de experimentar con células madre embrionarias: “Los primeros ensayos clínicos que veremos estarán basados en células madre adultas. Las células madre embrionarias irán llegando después” (El País, 14-II-2004).

    Claro que Hwang y sus colegas no tienen las obligaciones de un médico: son casi todos veterinarios. No es raro, pues el experimento es de biología, no de medicina. Estos investigadores, que antes habían clonado cerdos y vacas, son los mismos que aseguraron haber creado embriones híbridos con núcleos celulares humanos introducidos en óvulos vacunos, quimeras que no dieron células madre.

    Si en el experimento coreano la medicina no anda cerca, la ética ni se columbra. A nadie ha sorprendido que la primera clonación humana se haya logrado en Asia, donde los reglamentos de biotecnología son los más laxos de todo el mundo. Corea es la subcampeona del salvaje Este, por detrás de China. Cierto que en la península se ha aprobado una ley que prohíbe la clonación reproductiva y pone condiciones a la “terapéutica”; pero el reciente experimento se ha hecho un año antes de que entre en vigor la obligación de someter los proyectos al visto bueno de un organismo de vigilancia. Cuando Hwang afirma que su equipo trabajó bajo la “estricta supervisión” de un “comité de ética”, el observador no alcanza a adivinar qué rigores le impusieron.

    ¿Estricta supervisión?

    Muy estricta no fue la supervisión con respecto a las mujeres que contribuyeron al experimento. Uno de los detalles que más han asombrado a la comunidad científica es el extraordinario número de óvulos con que contaron los veterinarios coreanos: 242, donados por 16 mujeres (una media de 15 por voluntaria). Semejante producción de gametos no se habría autorizado en cualquier parte, pues exige fármacos para la estimulación ovárica y biopsias para extraer los óvulos, y todo ello entraña riesgos difícilmente justificables si el fin es experimental. Ni siquiera Jose Cibelli (Universidad Estatal de Michigan), que como asesor figura entre los firmantes del artículo publicado en Science, tiene claro el asunto. No sabe, ha dicho, “cómo las mujeres pudieron dar su conformidad al procedimiento” (The Wall Street Journal, 11-II-2004).

    Lo cierto es que la abundancia de ovocitos humanos permitió realizar el experimento con la lógica propia de la I+D industrial, que eleva la probabilidad de éxito a base de aumentar el material con que hacer pruebas. Hwang y sus colaboradores tuvieron materia prima bastante para ensayar 14 protocolos distintos, jugando con los métodos y momentos de estimular los gametos fundidos con nuevos núcleos. De los 242 óvulos, al final del proceso uno solo dio lugar a un cultivo de células madre. En el rendimiento no se ha avanzado casi nada desde Dolly (1997), que fue el único éxito de 276 intentos, y era un caso más difícil, pues se trataba de llegar al nacimiento de un ser clónico.

    Esto muestra a la vez que los primeros clones humanos no están a la vuelta de la esquina. En el experimento de Corea solo ha habido éxito insertando núcleos de células del cúmulo (precursoras de los óvulos), en cada caso obtenidas de la misma donante del óvulo. Así que no se ha comprobado si se pueden conseguir embriones clónicos de cualquier sujeto. Y la alta tasa de fracasos obtenidos se debe probablemente, según los mismos autores del ensayo, a anormalidades genéticas causadas por el proceso de clonación. O sea, los veterinarios coreanos han conseguido una clonación humana a fuerza de probar, no porque hayan descubierto las exactas reacciones biológicas implicadas. Ya advirtió el creador de Dolly, Ian Wilmut: “Tenemos que resolver muchas de las dudas planteadas en el proceso de la clonación antes de que se pueda trabajar en el hombre. Debemos conocer la supervivencia del animal [clónico], si presenta patologías que no son comunes en los animales de la misma edad nacidos por reproducción natural, y tener la seguridad de que se consiguen clones sanos” (Diario Médico, 3-IV-2003).

    Es creencia general que algunos, quizá en China, no querrán esperar tanto e intentarán generar niños clónicos antes de saber si serán sanos. Lo seguro es que gran número de embriones humanos quedarán muertos por el camino, como los que ya se destruyen en la carrera por la clonación “terapéutica”. Mientras tanto, se repite lo ya visto: en biotecnología todo se acaba haciendo, todo se llega a admitir. Unas inciertas posibilidades terapéuticas visten de benevolencia el impulso prometeico de poner por obra todo lo que es técnicamente posible. En lo que concierne al embrión humano, la ética es materia plástica, la ley cede a la utilidad, los principios se adaptan a los hechos.

    “Obra de tal modo que tomes la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, nunca solamente como un medio y siempre al mismo tiempo como un fin”, escribió Immanuel Kant, muerto el 12 de febrero de 1804. Irónica contribución la que ha hecho Science para los festejos del bicentenario.

Con la autorización de:   www.aceprensa.com

    La clonación es inmoral

Ignacio Sánchez Cámara

ABC, 15.II.04

    Dudo que vayamos a asistir a un verdadero debate sobre la clonación terapéutica. Un debate moral sólo es posible a partir de la existencia de ciertas premisas mínimas compartidas por los interlocutores. Por ejemplo, la dignidad de la vida humana. No entienden igual el derecho a la vida quienes la conciben como un don de Dios o como algo que posee un valor en sí mismo, que quienes la consideran mera propiedad interna de ciertos seres. Tampoco extraen las mismas consecuencias quienes piensan que el hombre posee deberes para consigo mismo, o que existen deberes más allá de las consecuencias de su cumplimiento, o que hay acciones intrínsecamente buenas o malas, que quienes defienden que es lícito todo lo que no daña directamente a nadie o incrementa el bienestar de alguien o de la mayoría. Los primeros concluirán que la clonación, incluida la terapéutica, es inmoral; los segundos, que es lícita. Me encuentro en el primer grupo, aunque dudo que tenga sentido esgrimir más argumentos que lo ya dicho. La clonación es inmoral porque constituye una instrumentalización de la vida humana que vulnera su dignidad. Quien niegue tal dignidad, está eximido de aceptar el argumento y su conclusión.    Los adoradores del progreso plantean el problema como un nuevo episodio del conflicto entre «su» progreso y las creencias religiosas. No es cierto. En cualquier caso, tan dogmático puede ser quien defiende la licitud como quien se opone a ella. Zapatero ha dicho que no tolerará que «nadie imponga sus creencias para provocar retraso en nuestro país». ¿Nadie? ¿O tal vez las suyas, su particular idea del progreso y del retraso, sí se puedan imponer? No siempre la permisión conduce al bien. Pensemos en los campos de exterminio. Tampoco se trata de una limitación reaccionaria de la libertad de la ciencia. No existen límites éticos a la ciencia. El derecho y el deber de saber carecen de límites. Lo que tiene límites es la aplicación técnica de esos conocimientos. El saber no tiene límites; el actuar, sí. Por lo demás, tampoco se trata de una cuestión que deban decidir los científicos. Ellos proporcionan los hechos, los términos del problema moral; no su solución. Los progresistas hacia cualquier parte rechazan la clonación reproductiva y admiten, en su inmensa piedad hacia quienes sufren, la terapéutica. Mas ¿en virtud de qué principios se oponen a aquélla?, ¿en virtud de qué valores? No lo dicen. ¿Acaso la dignidad de la vida humana? Pero, ¿qué es eso de la dignidad? ¿Es algo más que una antigualla clerical? Quizá ignoren que lo peor de Auschwitz acaso no fuera el dolor, sino la maldad. Pero es algo tan pequeño el embrión que absurdo sería no sacrificarlo para la salud de los grandes, de los únicos vivos. Olvida el progresista que él también fue un día un pequeño embrión, cuyo aliento vital fue respetado, y que, gracias a eso, ahora puede ser no sólo progresista sino ser sin más.

    Lo realizado en Corea está tipificado como delito y castigado con prisión en muchos países. Nada dijeron los progresistas. Cuando algo parecía imposible no importaba que fuera delito. Ahora que parece posible, debe ser despenalizado. Extraña lógica penal. Por lo demás, parece que existen alternativas terapéuticas a la clonación. Una aclaración final para los demócratas frenéticos. Si la mayoría de los ciudadanos, por ejemplo, españoles, decidieran que la clonación es lícita, se convertiría en parte del Derecho español, pero no dejaría por ello de ser, según mi criterio, una inmoralidad, un grave atentado contra la dignidad de la vida humana. Las urnas no son el árbol de la ciencia del bien y del mal.

    Con la autorización de:   www.interrogantes.net 

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