Ciencia


8.gif

 

   ”El hombre encuentra a Dios  detrás de cada puerta    que la ciencia logra abrir.” Albert Einstein    


¿Puede la ciencia controlarse a sí misma?   
(more…)

4.gif

   La teoría científica de la evolución de los vivientes ha sido objeto de manipulaciones ideológicas para intentar justificar las tesis materialistas que sostienen que Dios no existe y que el hombre no es sino un animal más fruto de la evolución biológica. Esto provocó una reacción contraria en el fundamentalismo protestante americano, que negaba el valor de dicha teoría y postulaba un “creacionismo” entendido como una interpretación literal de los contenidos de la Biblia. Pero un error no se combate con otro error, sino analizando con rigor lógico y con honradez intelectual todos los aspectos contenidos en un problema. (more…)

3.gif

   Frente a la Leyenda negra, el análisis histórico sobre la presencia española en América: Un gran salto adelante para la civilización
   La catedrática de Historia doña Mercedes Junquera Gómez, miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas, de Toledo, ilustra, con profusión de datos, la gran aportación que supuso la presencia de España en América para sus nativos y para el mundo
   La mente triunfalista que predominaba en la Universidad en los años cincuenta nos había hecho sentir y creer en una Hispanidad en que la madre patria, con el sentido imperialista de Isabel y Fernando, había dominado Hispanoamérica con las ideas del padre Victoria y la imagen del buen indio extendida por el padre Las Casas.
   Antes de esta leyenda, más o menos rosa, había triunfado en el mundo la Leyenda negra contra la España inquisitorial, ignorante, fanática, dispuesta a la violencia y enemiga del progreso… La base de esta Leyenda negra estaba escrita por los españoles: La Brevisima relación de la destrucción de las Indias (1552), del misionero dominico padre Las Casas, y los escritos de Antonio Pérez, secretario de Felipe II. Las numerosas y reiteradas ediciones de la Brevisima, con las ilustraciones cruentas de Theodore de Bry que acompañaban al texto, constituyeron un fenómeno nuevo en la publicidad europea. El carácter español que ilustraba estos libros, reproducido a través de la imprenta en miles de ejemplares, quedó marcado por el estigma de la codicia y la crueldad. El padre Las Casas brindó, sin quererlo quizás, el arma más eficaz y contundente para servir de base a las pretensiones francesas, alemanas, holandesas o inglesas sobre el Nuevo Mundo. Cuando estas potencias lograron establecerse, hicieron las mismas crueldades, pero fue menor su dominio en espacio y jamás se preocuparon de hacer examen de conciencia, público y reiterado sobre su obra en América.
   Hay unas consecuencias que son peores aún. Existe una opinión pública que se sienta hastiada ante la reiteración, controversia y parafernalia de tantos y tan variados alegatos sobre el legado de España en América. En quinientos años, no se han logrado superar estas Leyendas y crear un estado de conciencia que permita la comprensión real de lo que pasó en el encuentro de España con América. Es más, uno sabe que, al entrar en este terreno, lleva todas las de perder, porque cualquier argumento en pro o en contra puede herir mentes susceptibles y ser políticamente incorrecto. Sin embargo, hay muchos documentos en los archivos que sirven para explicar lo que España creyó, lo que legisló, lo que exportó, lo que importó y lo que castigó.
   La nueva raza
   Una Instrucción de la reina Isabel, fechada en 1503, anima a que «dichos indios se casen con mujeres indias y mujeres cristianas con ellos». Una Real Cédula de Fernando de 1515 dice: «Es nuestra voluntad que tengan entera libertad para casarse con quien quieren, así con indios como con los naturales de estos reinos o españoles nacidos en las Indias…» Éste es el principio de la nueva raza, propiciado por la Corona. Esto constituye una revolución para su época, y una verdadera apertura en el mundo de las relaciones humanas que no hizo ninguna nación. Sólo podemos recordar el planteamiento totalmente contrario llevado a cabo por los ingleses, holandeses y franceses.
   En ningún momento fueron Las Indias legisladas como colonias. El derecho de sangre hizo que se gobernara América de manera distinta a la empleada comúnmente en otros países. El Consejo de Castilla, de Aragón o de Italia se encontraban en la misma categoría con el Consejo de Indias en carácter ejecutivo y consultivo, como parte integral de la Monarquía.
   La idea de fomentar el crecimiento de las poblaciones aparece en las Instrucciones dadas a Colón en 1497: «Se habían de sembrar semillas, plantar huertos e algodoneras e linares e viñas e árboles e cañaverales de azúcar e otras plantas e hacer edificar casa e molinos e ingenios para dicho azúcar». Éste es el principio de la agricultura europea en América.
   La Casa de Contratación de Sevilla recibe órdenes en 1519 para «que no parta alguna nave para las Indias sin llevar útiles de labranza y abundante simientes». La expedición de Sanlúcar de Barrameda de 1520 fomenta la emigración española, trasladando a 1.520 españoles. Allí iban 34 familias de labradores, con 90 hijos, 31 criados solteros, con 200 azadones, 200 azadas, 100 escoplos, 6 piedras de moler y muchos otros instrumentos para edificar, fabricar y elaborar lo necesario para establecerse en el Nuevo Mundo. En las naves iban los primeros caballos, las primeras reses, las primeras ovejas, etc. Plantas y animales desembarcaban en La Española, donde se aclimataban convenientemente hasta ser transportados de nuevo a la Nueva España. En relaciones de testigos, podemos leer que, en estos primeros años, ya había en Santo Domingo 1.650 vacas y 60 yeguas.
   Tenemos que recordar que en América no se conocían ni el caballo, ni el perro guardián; tampoco conocían el cerdo, la vaca, la cabra, la oveja churra, el gato, el conejo, la gallina, la paloma… No conocían el trigo, la cebada, el centeno, el arroz, la vid y toda clase de legumbres y verduras, como los guisantes y las cebollas. No existía la caña de azúcar, el olivo, el naranjo y el limonero, el plátano, el manzano, los melocotones, los albaricoques, los higos, los almendros, las nueces, los melones… No existían la mayoría de los árboles frutales, ni el pino, el ciprés y la palmera de dátiles. Y lo que era más crucial: no usaron la rueda como transporte; todo se hacía sobre las espaldas, ni usaron nunca el arado, aun en su forma más primitiva. Hoy día, en que podemos comprobar todo esto con las pruebas de ADN, podemos decir que esta exportación de productos y esta emigración no se habían conocido en el mundo.
   Escuelas…
   Más sorprendente aún es el hincapié que tuvo España por la educación en Hispanoamérica. Las escuelas para los indios empezaron inmediatamente a la llegada de los misioneros; en 1510 ya existía en Santo Domingo una Escuela Superior, y en 1536 los franciscanos instruían Latín, Retórica, Filosofía, Música y Medicina a los naturales y a los españoles, en Santa Cruz de Tlayelolco. Más de mil muchachos indios aprendían en el convento a leer y escribir, Latín, Música y canto. En Quito, tuvieron en 1567 el colegio de San Buenaventura, donde, además de lectura y escritura, se ensañaban artes mecánicas a los indios. Por motivos de legados, se multiplicaron escuelas como el Instituto de San Juan de Letrán, donde había pensionado para nativos huérfanos, junto con educación profesional.
   En iguales condiciones de tiempo y economía, podemos ver que la escolarización de los nativos indios estaba muy a la par de la que tenían los españoles de la Península.
   …hospitales
   Si constatamos otro parámetro como el sanitario, la premura con que España atendió las necesidades de sus colonias es aún más llamativa. La tesis del español homicida que va matando sistemáticamente a los indios se cae en este punto, al analizar los esfuerzos de la Corona para prevenir un genocidio. El descenso de la población que Las Casas atribuyó a los conquistadores se puede explicar genéticamente: su causante está en una alteración biológica que produjo un descenso en la fertilidad y un mayor riesgo de mortandad debido a la agresión microbiana. El aislamiento en que había vivido América impidió crear defensas inmunológicas contra enfermedades desconocidas. Aunque el contagio fue mutuo (las indinas tahinas contagiaron la sífilis a los españoles y causó epidemia en Europa), los indios se vieron agravados por su vulnerabilidad a los gérmenes patológicos y por la destrucción de su hábitat cultural. La viruela, el sarampión, la gripe, la tuberculosis… provocaron epidemias. El primer hospital fundado por los españoles fue el de San Nicolás de Bari, en Santo Domingo, en 1503. Los franceses no establecieron un hospital en Québec hasta 1639, y en territorio de lo que hoy son los Estados Unidos, en 1765.
   y universidades
   En el ámbito académico, la Cédula Real de 1538 otorgaba a los dominicos la fundación de un Estudio, anexo a una iglesia y un hospital, que hubiera podido ser la primera universidad americana, en La Española, pero la Universidad no funcionó como tal hasta 1558. Por Cédula de 1551, renovada en 1562, se declaraba que, «para servir a Dios…, conviene a nuestros vasallos súbditos y naturales que tengan en ellos Universidades y Estudios Generales, donde sean instruidos y graduados en todas las ciencias y Facultades; y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellos las tinieblas de la ignorancia, creamos y fundamos y constituimos en la ciudad de Lima, de los reinos de Perú, y en la ciudad de Méjico, de la Nueva España, Universidades y Estudios Generales… y concedemos a todas las personas, que en dichas Universidades fueran graduadas, que gocen en nuestras Indias… de las libertades y franquicias de que gozan en estos reinos los que se gradúan en las Universidades y estudios de Salamanca». La cita es larga, pero elocuente. Ningún país había hecho, ni lo hizo después, nada semejante.
   Lima alcanzó su esplendor con la Universidad de San Marcos en 1551, por lo que se disputa ser la primera universidad junto con la de San Pablo en Méjico, creada también en el mismo año, tres meses después. A partir de 1589, se funda la Universidad de Quito, la de San Gregorio, la de San Fulgencio en Ecuador, la de Charcas en Bolivia, la chilena de Santo Tomás y la de Santo Tomás en Colombia.
   Del contagio con América y de los escritos de Relación y de las Crónicas de Indias, España introduce en Europa los estudios de Etnología, Antropología y Sociología, que hasta entonces no habían existido.
   El arte sagrado va a florecer en América, uniendo el barroco español con el arte indio. Se crean escuelas de Arquitectura, Escultura y Pintura, que forman el Arte Colonial. Se construyen las maravillosas catedrales de Santo Domingo (1511), la de Cuba (1522), la de Venezuela (1532), la de Cuzco (1537), la de Honduras (1539), la de Lima (1541), la de Santiago de Chile (1561), la de Tucumán (1570). Este esfuerzo arquitectónico abrió para la creatividad india un mundo nuevo que sigue siendo asombroso.
   Todo el arte colonial es un reflejo del mestizaje cultural entre dos viejas y ajenas formas de vida que crean un nuevo arte. La técnica y el tiempo del trabajo se alteran y crean nuevos artesanos y nuevos artistas. La vid y la agricultura en su trasvase cultural van creando cultura. En los telares entran otras manos y otros patrones de un universo cultural distinto al europeo. El color marca jerarquías. La gama que se consigue con los tintes americanos, aplicados a las lanas merinas, son la envidia de Europa. De otro lado, el tabaco, las nuevas plantas medicinales, el tomate, la canela, el cacao-chocolate, el café, la patata y el maíz abren mercados en España y en Europa.
   En el arte, como en los tejidos, como en las obras artesanales, con metales o madera, quedaron incorporadas las preferencias del temperamento indio, su característico sentido de la forma, del volumen y del color. Ya no es España en América, sino otra entidad con su propia herencia.
   Germen de derechos humanos
   Lo que separa a España de otros países colonialistas es la decisión predispuesta por el Gobierno a analizar el derecho que tenía España de poseer las Indias en primer lugar, y a hacerlo abiertamente con hombres expertos en Derecho y, sobre todo, la diatriba de Valladolid, en que se enfrentaron Las Casas y Sepúlveda defendiendo opuestas ideas, y todo ello para ayudar a la conciencia real. Ningún otro país se ha cuestionado los derechos de sus colonos, ni ha tenido defensores que lo hayan hecho con conocimiento de leyes y testimonios de testigos. El problema de la alteridad del otro, de su integración en nuestro mundo y el reconocimiento de que, para avanzar, yo tengo que contar con el otro, sin creer en la superioridad de ninguno, sin rehusar la integración con el extranjero. Ideológicamente, queremos igualdad, sin que signifique identidad. Queremos ser diferentes sin degenerar en el binomio de superioridad o inferioridad. Queremos las ventajas del modelo igualitario y del modelo jerárquico, pero queremos encontrar el sentido social sin perder lo individual. Vivir la diferencia en la igualdad se dice más fácilmente de lo que se hace. Las Leyes de Burgos, las Leyes Nuevas… fueron debates por la justicia, y se impusieron a pesar de su impopularidad con los encomenderos y conquistadores.
   Vivir la diferencia en la igualdad, nos dice Alexander Herzen, es comprender toda la amplitud, la realidad y la sacralidad de los derechos humanos. Es el objetivo más difícil de nuestra sociedad. España se arriesgó, con leyes y con misioneros. Laurette Sejournée, arqueóloga severamente crítica con España, ha tenido que reconocer que, «hasta nuestros días, (España) es el único país en cuyo seno se hayan elevado poderosas voces contra su propia conquista».
   Mercedes Junquera. Con la autorización de: www.alfayomega.es

Otros temas relacionados:
Personas interesadas en los demás 
El amor en la educación 
Otros artículos sobre CIENCIA 

Enviar a un amigo

10.gif

 El libro de Armand Nicholi, La cuestión de Dios, confronta a ambos autores: el padre de la psicología moderna y el gran difusor del “mero cristianismo”.   En conocimiento del alma y la psique humana, C.S. Lewis no le iba a la zaga a Sigmund Freud. Tanto en teoría como en experiencia práctica.   (more…)

1.gif

   La física raramente es objeto de atención mediática. La concesión anual de los premios Nobel, junto con algún descubrimiento ocasional, es el único evento que recuerda al público esa ciencia tan admirada como desconocida. Cuando esto sucede, la atención se centra en alguna cuestión particular: un nuevo estado de la materia, una nueva partícula elemental, un importante avance en cosmología o en nanotecnología. Al declarar 2005 Año Internacional de la Física, la UNESCO pretende llamar la atención de la sociedad, no sobre un descubrimiento concreto, sino sobre la física en su conjunto. (more…)

2.gif

  Exposiciones, iniciativas legislativas y conferencias se sucederán a lo largo del año, cuando se cumplirá el centenario de la publicación de la Teoría de la Relatividad A. A. C./

(more…)

3.gif

   >> DIOS ESTÁ EN EL PRINCIPIO DE LA REFLEXIÓN DE UN CREYENTE Y AL FINAL DE LAS INVESTIGACIONES DE UN CIENTÍFICO

A. EINSTEIN: «A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del universo incomprensible se manifiesta una Inteligencia superior infinita». (more…)

4.gif

  Es el valor que encuentra en la protección del medio ambiente una forma de servir a los demás.

    Es el valor que nos hace considerar y actuar en favor de la protección de la naturaleza, los recursos naturales y toda forma de vida, incluyendo la propia.
(more…)

5.gif

  Desde hace casi un siglo los neandertales son una de las grandes incógnitas de la evolución humana. Algunos especialistas han creído que son antepasados nuestros, que se mezclaron con los humanos llegados más tarde de África. Una reciente investigación genética y nuevos fósiles hallados en Etiopía suministran sólidos indicios en contra de esa hipótesis. Esto significa, entre otras cosas, que toda la humanidad actual proviene de un único tronco africano y que la diversidad de razas es moderna y poco relevante desde el punto de vista genético.

(more…)

6.gif

  Diálogo entre Mariano Artigas, doctor en Ciencias y Filosofía, y Sir John C. Eccles, Premio Nobel de Medicina por sus trabajos acerca del cerebro.

    En su obra The Wonder of Being Human (New York, The Fee Press, 1984) expone los avances científicos que permiten localizar qué partes del cerebro están implicadas en los movimientos voluntarios, los cuales son irreductibles a explicaciones causales fisiológicas. 

    Mariano Artigas es doctor en Ciencias y Filosofía, profesor de Filosofía de la naturaleza en la Universidad de Navarra; autor de muy numerosos trabajos publicados sobre cuestiones científico filosóficas. Dos de sus libros se refieren a materias relacionadas con nuestro asunto: Las Fronteras del evolucionismo (con prólogo de John Eccles) y Ciencia, razón y fe (ambos editados por Ed. Palabra, Madrid 1985). 

    Ofrecemos a continuación un diálogo entre Sir John Eccles y el profesor Artigas acerca del alma humana, la ciencia y la religión. 

    LO QUE EXPLICA EL «EMERGENTISMO» 

    M.A.— El 11 de abril de 1980, usted dio una conferencia sobre Lenguaje, pensamiento y cerebro, en el Simposio de la «Académie Internationale de Philosophie des Sciences» de Bruselas. En el coloquio, yo le pregunté sobre un tema que ya habíamos comentado en privado: el emergentismo, o sea, la teoría según la cual, en el curso de la evolución, los aspectos propios del hombre tales como los que solemos llamar espirituales, habrían surgido por emergencia a partir de la organización de lo material. A pesar de que esta doctrina ha alcanzado cierta difusión yo no la comparto, y me parece que usted tampoco. 

    J.E.—Efectivamente, el «emergentismo» no explica nada. No es más que un nombre sin contenido real, una etiqueta. Además, si lo que se pretende es decir que las características específicamente humanas surgen de la materia por «emergencia», se trata de un materialismo reduccionista pseudocientifico e inaceptable: la ciencia no proporciona ninguna base para esa doctrina. 

    M.A.—El 1 de marzo de 1984, usted estuvo en Barcelona y dio, en el Paraninfo de la Facultad de Medicina, la primera lección Cajal, en memoria de los importantes trabajos que Ramón y Cajal realizó durante su estancia en Barcelona. Cajal recibió el Premio Nobel por sus estudios sobre el sistema nervioso en 1906. Usted lo recibió en 1963 por trabajos en la misma línea, dedicados al cerebro. En este siglo se han realizado avances muy importantes en ese campo fundamental para comprender la estructura de la persona humana. Algunos interpretan esos progresos en favor de posturas materialistas, y usted ha escrito bastante sobre este tema. ¿Podría sintetizar cómo ve la cuestión? 

    EL MATERIALISMO ES UNA SUPERSTICION 

    J.E.—El materialismo carece de base científica, y los científicos que lo defienden están, en realidad, creyendo en una superstición. Lleva a negar la libertad y los valores morales, pues la conducta sería el resultado de los estímulos materiales. Niega el amor, que acaba siendo reducido a instinto sexual: por eso, Popper ha dicho que Freud ha sido uno de los personajes que más daño han hecho a la humanidad en el último siglo y tuvo ocasión de comprobar que el método de Freud no es científico, pues trabajó hace muchos años en Viena en una clínica donde se aplicaba ese método. El materialismo, si se lleva a sus consecuencias, niega las experiencias más importantes de la vida humana: «nuestro mundo» personal seria imposible’. 

    M.A.—Siguiendo con esta cuestión, hay quien dice que podemos estudiar científicamente el cerebro, pero, en cambio, no tenemos conocimientos fiables acerca del alma. ¿Qué podemos conocer del alma?. 

    J.E.—Los sentimientos, las emociones, la percepción de la belleza, la creatividad, el amor, la amistad, los valores morales, los pensamientos, las intenciones… Todo «nuestro mundo», en definitiva. Y todo ello se relaciona con la voluntad; es aquí donde cae por su base el materialismo, pues no explica el hecho de que yo quiera hacer algo y lo haga. 

    M.A.—Sin embargo, cabría pensar que, en el fondo, el funcionamiento de la persona está determinado por procesos materiales enormemente complejos que poco a poco vamos conociendo. Si en el cerebro hay unos cien mil millones de neuronas, y el número de sinapsis que establecen contactos podría ser del orden de 100 billones, siempre cabe remitirse a complejidades todavía mal conocidas que condicionarían un comportamiento determinista. Usted acaba de hablar de la voluntad. ¿Podría poner algún ejemplo sencillo de comportamiento no determinista? 

    J.E.—La actividad cerebral nos permite realizar acciones de modo automático. Pero podemos añadir un nivel de conciencia. Por ejemplo, cuando camino, «quiero» ir más deprisa o más despacio. Incluso podemos envolver casi todo en la conciencia: «quiero» andar con aire de Charlot, pensando cada paso y cada movimiento… 

    M.A.—Prosigamos todavía con este tema. El progreso futuro de la ciencia es difícil de prever. Algunos se preguntan si nuestras experiencias personales no son más que un aspecto subjetivo de los fenómenos físicos; ésta es la tesis de la teoría de la identidad psico-física, que en nuestra época sigue contando con defensores (por ejemplo, Herbert Feigl la ha expuesto de manera bastante sofisticada). Usted ha criticado esta teoría como una de las variantes del materialismo, la más extendida, llegando a decir que se trata de «una creencia religiosa sostenida por materialistas dogmáticos que a menudo confunden su religión con su ciencia», y que «tiene todos los rasgos de una profecía mesiánica». 

    J.E.—Hasta hace poco, nada sabíamos de ondas electromagnéticas y de áreas cerebrales, y hay gente que no lo sabe tampoco ahora. Pero todos, y desde antiguo, sabemos de «nuestra vida». Para expresarla en palabras o acciones necesitamos el cerebro, como también, muchas veces, necesitamos de la laringe o de los músculos de la mano; pero ni la laringe, ni la mano, ni siquiera el cerebro son «nuestra vida». Desde luego, es fundamental investigar sobre la físico-química cerebral, pero nuestro «yo» sabe de «nuestra vida», no del cerebro. 

    M.A.—¿Cómo se explica entonces que no pocas veces el ambiente científico parezca favorable a diversos tipos de materialismo? 

    J.E.—Existe actualmente un «establishment» materialista que pretende apoyarse en la ciencia y parece coparlo todo. Entonces, yo soy un «hereje». Pero, en realidad, son muchos los científicos no materialistas y creyentes, también gente importante en los países del este de Europa. Una vez, en un debate televisivo, Monod me llamó «animista»; yo me limité a llamarle a él «supersticioso», porque presentaba su materialismo como si fuera cientifico, lo cual no es cierto: es una creencia, y de tipo supersticioso. 

    M.A.—Evidentemente, su postura implica que existe en el hombre un alma espiritual que, siendo irreductible a lo material, debe ser creada para cada hombre por Dios. Usted lo ha escrito en sus obras. No deja de ser paradójico que, en una época en que algunos pensadores espiritualistas encuentran dificultades para hablar del alma, no las encuentre un Premio Nobel de neurofisiología que, al ocuparse del cerebro, estudia científicamente los aspectos del cuerpo más relacionados con el pensamiento y la voluntad. 

    J.E.—Los fenómenos del mundo material son causas necesarias pero no suficientes para las experiencias conscientes y para mi «yo» en cuanto sujeto de experiencias conscientes. Hay argumentos serios que conducen al concepto religioso del alma y su creación especial por Dios. Creo que en mi existencia hay un misterio fundamental que trasciende toda explicación biológica del desarrollo de mi cuerpo (incluyendo el cerebro) con su herencia genética y su origen evolutivo; y que si es así, lo mismo he de creer de cada uno de los otros y de todos los seres humanos. 

    PROFUNDOS INTERROGANTES 

    M.A.—Estoy de acuerdo, desde luego, con sus argumentos. Sin embargo, en sus obras expone hipótesis sobre la interacción entre espíritu y materia que me recuerdan planteamientos cartesiano poco satisfactorios. Convendrá en que la persona humana es una unidad en la que la realidad espiritual y la material no pueden concebirse como agentes separados; aunque esta tesis tenga su inevitable aire de misterio, pienso que es la única que hace justicia a los datos completos de nuestra experiencia. 

    J.E.—La ciencia explica muchos fenómenos mediante las teorías de la gravedad; sin embargo, no sabemos decir qué es la gravedad en sí misma. El evolucionismo explica un cierto nivel de hechos, pero hay profundos interrogantes difíciles de explicar. No puede sorprender que, admitiendo con motivos bien fundados que en el hombre hay espíritu y materia, sea muy difícil e incluso misterioso comprender su relación. Yo he propuesto algunas hipótesis al respecto, pero está claro que se trata de un tema muy difícil. Sin embargo, esas dificultades no debilitan los argumentos que llevan a admitir el alma y su origen sobrenatural. 

    M.A.—Me parece obvio que, en contra de lo que algunos siguen sosteniendo, las relaciones entre ciencia y fe son, bajo distintos aspectos, de cooperación, y que no hay conflictos reales entre ellas. Me gustaría que expresara su punto de vista al respecto, como científico y como creyente que admite muchas tesis evolucionistas. 

    J.E.—He tenido ocasión de estar varias veces con el Papa Juan Pablo II, en una reunión con Premios Nobel y en otro encuentro con científicos. Tiene razón cuando dice que la ciencia y la religión no pueden contradecirse. Además, ¿no es una labor profundamente cristiana investigar la naturaleza creada por Dios? En el caso de Galileo, todos reconocen que hubo errores por ambas partes, que nadie desea repetir. Respecto al evolucionismo, ya Pío XII declaró que la Iglesia no se opone al estudio del origen del cuerpo humano; lo que sostiene es que Dios crea individualmente el alma de cada hombre, y a esto la ciencia no se puede oponer. Y esa es la base de la maravilla de ser hombre. 

    M.A.—Como sucede con no pocos científicos de primera fila, usted se muestra siempre muy interesado por el impacto social de la ciencia. Ha escrito mucho al respecto, y parece preocupado por el impacto negativo de algunas interpretaciones que se presentan como científicas, que llevan en último término a una crisis de valores. 

    J.E.—Sí. Me parece que el hombre ha perdido un poco el sentido de su condición humana, como si la ciencia dijera que es sólo un insignificante ser material en la inmensidad cósmica. Pero el hombre es mucho más de lo que dice el materialismo. Y necesita un nuevo aliento para volver a encontrar la esperanza y el sentido de su vida. 

    DESENMASCARAR LA PSEUDO-CIENCIA 

    M.A.—Está claro que importa mucho desenmascarar la pseudo-ciencia en sus diversas manifestaciones, para evitar que el prestigio de la ciencia se utilice abusivamente en favor de ideologías que nada tienen que ver con ella. Hemos hablado ya de algunas de ellas. Sin embargo cabe preguntarse si la ciencia puede realizar tareas positivas en el ámbito de la existencia humana. Es evidente que lo hace en cuanto sirve de base a la técnica, pero el uso de la técnica es ambivalente, se puede utilizar para bien y para mal. ¿Se puede decir algo semejante acerca de la ciencia? 

    J.E.—He escrito que, de hecho, la ciencia está impregnada de valores: de carácter ético, en nuestro esfuerzo por llegar a la verdad, y de carácter estético. Si conseguimos dar a la humanidad un concepto de la ciencia como un esfuerzo humano para comprender la naturaleza y ofrecer con toda humildad nuestros afanes para conseguirlo, la ciencia merecerá ser considerada como una obra grande y noble; en otro caso, corre el peligro de convertirse en un enorme monstruo, temido y venerado por el hombre y que lleva en sí la amenaza de destruirlo. 

    M.A.— Vivimos una época de profundas transformaciones culturales, condicionadas en buena parte por el influyo de la ciencia. En este contexto, ¿qué podría decir respecto a los valores cristianos, tan relacionados con nuestra cultura? 

    J.E.—Que los valores cristianos tienen una importancia grande para conseguir que la admirable empresa humana que es la ciencia esté verdaderamente al servicio del hombre. La ciencia moderna nació en unas circunstancias favorables debidas, en buena parte, al cristianismo, que lleva a ver al mundo como obra racional de un Creador infinitamente sabio, y al hombre como criatura hecha a imagen de Dios, con una inteligencia capaz de penetrar en el orden impreso por Dios en el mundo. Esa ciencia se desarrolló gracias al trabajo y a las convicciones de científicos profundamente cristianos. La ciencia y la fe son aliadas, no enemigas. Y la fe cristiana proporciona ayudas muy valiosas para que se evite un materialismo que nada tiene que ver con la ciencia, y para que la ciencia pueda contribuir a la solución de los graves problemas que tiene planteados hoy día la humanidad. 

Con autorización de: www.wdufam.com

Otros temas relacionados:
Aspectos ético-pastorales del aborto 
Objeción de conciencia 
Otros artículos sobre la CIENCIA 

Enviar a un amigo

Next Page »