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   El evangelio de San Lucas cuenta que Dios envió al arcángel San Gabriel a Nazaret, manifestando a María que había sido elegida para ser Madre de Dios. Muchos cuadros representan esta escena, que llamamos Anunciación.    La conversación entre el ángel y la Virgen acaba con esta aceptación humilde y confiada: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38). En aquel mismo instante se realizó la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen, y nueve meses más tarde nacía Jesús -verdadero Dios y verdadero hombre- en Belén.   La Virgen no es sólo Madre de Dios, es también nuestra Madre. Cuando moría en la cruz, Jesús nos la dio por madre. Ella vive en el cielo como Reina y Señora de todo lo creado, pero nos ve, nos oye y sobre todo nos quiere. Igual que las madres de la tierra, la Virgen nos cuida y nos protege. Hemos de conocer y amar mucho a la que es Madre de Dios y Madre nuestra.

   1. María es verdadera Madre de Dios

   Todos tenemos una madre, y es de verdad madre nuestra porque nos engendró y dio a luz. María engendró el cuerpo de Jesús, en el que Dios infundió el alma; y en ese mismo instante, a ese cuerpo y alma se unió la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: el Verbo. De esta forma el Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios.

   María llevó durante nueve meses en su seno a Jesucristo, con su cuerpo, su alma y su Divinidad, después de los cuales nació en Belén. Por eso es verdadera Madre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Es verdaderamente la Madre de Dios.

   2. Principales dogmas y privilegios marianos

   El don más grande que Dios concedió a María Santísima es el de ser su Madre. Y, por ser su madre, la llenó de gracia y de extraordinarios privilegios. Queremos conocer muy bien a la Virgen y por eso conviene saber lo que Dios ha hecho en Ella:

   a) La Inmaculada Concepción. Esta prerrogativa significa directamente que la Virgen no tuvo pecado original; desde el mismo instante de su concepción y en atención a los méritos de su Hijo Jesucristo, Dios la preservó inmune de la culpa original. Pero supone al mismo tiempo que Dios la dotó de santidad enteramente singular, como lo expresó el arcángel San Gabriel al saludarla en el momento de la anunciación: “Dios te salve, llena de gracia” (Lucas 1,28).

   b) Fue siempre virgen. Es también dogma de la fe católica que María fue siempre virgen: antes de engendrar a Cristo, en el nacimiento y después de nacer. Por eso llamamos a María “La Virgen”.

   c) La Asunción. María está en cuerpo y alma en el cielo. Otro gran privilegio de María es que, después de terminar el curso de esta vida, fue llevada en cuerpo y alma al cielo.

   d) Otros privilegios de la Virgen. María es también Corredentora, pues fue asociada por Cristo a la redención del género humano. Es la Reina y Señora de todo lo creado, como decimos en el 5º misterio del Santo Rosario. Es Madre de la Iglesia y Medianera de todas las gracias. Y, sobre todo, para nosotros es nuestra Madre.

   3. María es nuestra Madre

   Es una maravilla saber que Dios adornó a su Madre con tantas gracias, queriendo que fuera también Madre nuestra. Señalemos las razones de su maternidad con nosotros:

   a) Porque Jesucristo es nuestro hermano. San Pablo dice que Jesucristo es “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8,29). Luego si María es Madre de Jesús, nuestro hermano, con toda razón podemos llamarla Él y nosotros “Madre nuestra”, aunque la maternidad con relación a Cristo sea física y natural, mientras que, con relación a nosotros, es maternidad espiritual.

   b) Porque Jesucristo nos la dio como Madre. Al pie de la cruz San Juan representaba a todos los hombres cuando Jesucristo le entregó a María como madre. A él, y a nosotros con él, dijo: “He ahí a tu madre” (Juan 19,27). Desde aquel momento, todos los cristianos recibimos a María en nuestra casa, en nuestro corazón, y la hemos de sentir como madre.

   c) Porque ella intercede por nosotros. Los cristianos de todos los tiempos, y también nosotros, pedimos cosas a la Virgen, que está en cuerpo y alma en el cielo. Ella está allí, pero nos escucha, nos ayuda, nos quiere. Cada uno de nosotros podría contar muchas cosas que Dios la ha concedido por intercesión de María, nuestra Madre. Muchísimas otras nos las concede sin que lo sepamos. Ella nos ama como hijos y pide a Dios lo mejor para cada uno de nosotros.

   4. Hemos de comportarnos como buenos hijos de la Virgen

   Con nuestra madre de la tierra no nos conformamos con conocerla y saber que nos quiere y se preocupa por nosotros; el buen hijo es el que corresponde a ese amor y lo demuestra con obras: tiene con ella detalles de cariño, le obedece enseguida, le ayuda, hace las cosas que le gustan y evita las que le disgustan, etc.

   Con nuestra Madre del cielo pasa lo mismo. Después de conocerla muy bien, hemos de quererla con obras. Y demostramos con obras que queremos a la Virgen, si nos comportamos como a Ella le gusta y vivimos alguna devoción mariana. En el último tema de esta sección se pueden encontrar las principales devociones marianas.

Curso de Catequesis. Don Jaime Pujol Balcells y Don Jesús Sancho Bielsa. EUNSA. Con la autorización de Don Jesús Sancho

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