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   Desde muchos ámbitos sociales se ha repetido, con justificada seguridad, que los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos. En la situación actual parece que esto no está claro, ni en la teoría ni en la práctica, entre los padres ni entre los poderes públicos.


   El derecho de los padres a educar a sus hijos, que tiene su fundamento en el derecho natural, es esencial porque son ellos los que les han transmitido la vida. Además, los hijos son dependientes de sus padres en su desarrollo, no sólo en el sustento y los cuidados físicos, sino también en la adquisición de los primeros hábitos de autonomía personal que tiene lugar en la intimidad de la familia, verdadera comunidad de amor. El papel de los padres en el desarrollo emocional del chico es fundamental en los primeros años y las carencias afectivas son una de las causas más importantes del fracaso escolar.
   La educación de los hijos, además de un derecho, es un deber de los padres por haberlos traído al mundo y nadie puede eximirlos de esa responsabilidad.   El derecho-deber de los padres es primario y original respecto a las demás personas e instituciones que participan en la educación. Por haber dado la vida a sus hijos, los padres contraen la obligación de educarlos y esta obligación debe ser reconocida por todos.

   En tercer lugar, el derecho-deber de educar es insustituible e inalienable. Los colegios son entidades colaboradoras en la labor educativa pero nunca pueden sustituir a los padres en esta responsabilidad. No tienen sentido algunos comentarios de los padres como éstos: “Yo no sé educar a los hijos, no me han formado para ello, que los eduquen en el colegio”, etc. Los padres no pueden delegar totalmente su obligación de educar a sus hijo porque el papel de la familia es insustituible.

   En la historia ha habido tentativas por parte de Estados totalitarios, de separar a los hijos de sus familias y responsabilizarse totalmente de la formación e instrucción de los niños. Estas tentativas han sido siempre un fracaso.

   En la colaboración entre las familias y las instituciones educativas hay que tener siempre presente que el derecho-deber de educar a sus hijos es esencial, primario e insustituible.    
Arturo Ramo

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