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   Las primeras palabras que decimos en el Credo son: “Creo en Dios, Padre todopoderoso” (Símbolo de los Apóstoles) o “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso” (Símbolo de Nicea-Constantinopla). Nuestra profesión de fe cristiana comienza por Dios, porque Dios es el Primero y el Último, el Principio y el Fin de todas las cosas. Y comienza por Dios Padre, porque Dios es la primera persona de la Santísima Trinidad.    Dios cuida con su Providencia de todas las cosas, pero especialmente del hombre. Es nuestro Padre del cielo; en consecuencia, somos sus hijos: somos ¡hijos de Dios! Para que lo recordáramos constantemente, Jesús nos enseñó a rezar: “Padre nuestro, que estás en el cielo” (Mateo 6,9). Esta maravillosa verdad cristiana nos tiene que entusiasmar.

   Veamos quién es Dios, esta Padre que está en el cielo.

1. Creo en un solo Dios

   Esta es la gran verdad, la verdad absoluta: Dios es uno y único, no hay más que un sólo Dios. Yavé se lo había manifestado al pueblo de Israel: “Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor, Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Deuteronomio 6,4-5), siendo la estrella que preside toda la historia. También para nosotros, la fe en el único Dios nos mueve a volvernos a Él como a nuestro primer origen y nuestro fin último; y a preferirle por encima de todas las cosas. La Revelación de Jesucristo completará la del Antiguo Testamento, y por la enseñanza del Hijo de Dios sabemos que el Dios único en esencia existe en tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

2. El Nombre de Dios

   Moisés quiso saber el nombre de Dios al contemplar la zarza ardiendo en el monte Horeb, y Dios le reveló su nombre: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3,14). Yahwéh. Es decir, Dios es, Dios es el que es por sí mismo sin depender de nadie, principio sin principio, razón de ser de todo lo que es, origen de todo, causa de todo, fuente de todo, ser soberano, ser supremo, Dios.

   En otras ocasiones Dios se revela como rico en amor y fidelidad, acercándose al hombre para atraerle hacia sí, al mostrarle su benevolencia, su bondad, su amor. Podemos decir, pues, que Dios es un ser espiritual, eterno, misericordioso y clemente, infinitamente sabio y bueno, omnipotente y justo, el ser por excelencia y el sumo amor. Jesucristo es quien ha revelado el contenido de este Nombre con un sentido nuevo: el de Dios Padre.

3. Dios Padre

   La afirmación de la paternidad divina es el primer artículo del Símbolo e inicia la confesión de fe en el misterio trinitario. Es símbolo es la confesión del misterio de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, único Dios, única esencia, en tres personas realmente distintas. Al hilo de la confesión de Dios uno y trino se proclaman también el misterio de la Encarnación, que realiza el Hijo de Dios para redimir a los hombres, y el misterio de la santificación, que se atribuye el Espíritu Santo.

4. Dios Padre todopoderoso

   De las muchas perfecciones que podemos señalar en Dios, el Símbolo nos recuerda la omnipotencia, puesto que va a hablar de la creación, que es obra del poder y se atribuye al Padre. Pero también el Hijo y el Espíritu Santo son omnipotentes como el Padre, ya que la esencia divina es única y las tres personas son iguales en perfección.

   Es muy necesaria la confesión de la omnipotencia de Dios porque con frecuencia le vienen al hombre las pruebas de la fe por el dolor y el mal, que no entendemos y cuesta aceptar. Pero Dios es Dios, omnipotente y clemente, que está cerca de nosotros con su Providencia para ayudarnos.

5. Padre nuestro

   La revelación de la paternidad divina en el misterio inefable de la Trinidad de personas en la única esencia nos facilita el camino para comprender que Dios es también Padre nuestro. Pero nunca lo hubiéramos imaginado, de no decírnoslo Dios mismo. Fue el Señor quien dijo a sus discípulos: “Vosotros orad así: Padre nuestro” (Mateo 6,9), y es una noticia que corre por todo el Nuevo Testamento. Es evidente que la filiación del Hijo de dios y la nuestra son distintas. Jesús es el Hijo de Dios por naturaleza, de la misma naturaleza del Padre, Dios verdadero de Dios verdadero; nuestra filiación respecto a Dios es por adopción, mediante el don sobrenatural de la gracia que se nos infunde en el bautismo. Por eso, aun siendo grande la dignidad de la criatura humana, hecha a imagen y semejanza de Dios en el orden natural, no se puede comparar con la dignidad de la gracia, que nos hace hijos adoptivos de Dios.

Curso de Catequesis. Don Jaime Pujol Balcells y Don Jesús Sancho Bielsa. EUNSA. Con la autorización de Don Jesús Sancho

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