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    —Muchos dicen que el aborto es un problema de conciencia de la madre, al que debe permanecer ajeno el Estado…

    Olvidan de nuevo que aparte del padre y de la madre, hay un tercero en juego: el hijo. El aborto provocado no es un asunto íntimo sólo de la madre, ni sólo de los padres, sino que afecta directamente al hijo. Y por tanto, por la solidaridad natural de la especie humana, todo ser humano debe sentirse interpelado cuando se comete un aborto.

    El Estado debe proteger la vida humana. Y vida humana es también la del no nacido. También éste merece la protección del Estado. Desde el momento de la concepción, se ha generado un tercero, existencialmente distinto de la madre, aunque esté alojado en su seno.

    Y ese derecho a la vida del nasciturus no surge de su aceptación por parte de la madre, sino que corresponde a él mismo, a causa de su existencia, y es un derecho primario e inalienable, que arranca de la propia dignidad humana y es independiente de cualquier creencia religiosa.

    —Muchos defienden que el aborto podría ser lícito durante las doce primeras semanas del embarazo.

    Es una realidad irrefutable que el feto es igualmente humano antes de las doce primeras semanas de gestación como después. El alcance de la protección del Estado hacia el no nacido debe ser independiente del momento del embarazo en que se encuentre, pues en su desarrollo no hay ningún plazo en el que se produzca un cambio del que pueda depender su derecho a la vida.

    Como ha expuesto muy lúcidamente el filósofo austriaco Michael Tooley en su libro Abortion and infanticide, es enormemente difícil condenar éticamente el infanticidio o la eutanasia neonatal (matar al recién nacido con graves deficiencias físicas o mentales), una vez que se admite el aborto.

    Si se admite una ley de plazos, durante ese plazo quedaría el no nacido a disposición de la libre decisión de la madre, y entonces su protección jurídica ya no estaría garantizada. Y no cabe admitir semejante abandono de la vida del no nacido por referencia a la capacidad de la madre de tomar una decisión, por muy libre y responsable que sea.

    —Pero dicen que hay un simple conflicto de derechos: el derecho a la vida del nasciturus y el derecho de la madre a decidir sobre su maternidad, y que en ese conflicto prevalece el derecho de la madre.

    Es poco serio plantear así un conflicto jurídico.

La protección jurídica de una vida 

jamás puede quedar al arbitrio 

de una de las partes en conflicto. 

    Ningún ordenamiento jurídico debiera admitir semejante equiparación en un conflicto de derechos: por parte del no nacido lo que está en juego no es un plus o una minoración de derechos, ni aceptar ventajas o limitaciones: lo que está en juego es todo, su misma vida.

    El derecho de la madre a interrumpir su embarazo supone siempre la muerte de la otra parte en conflicto, y por tanto no pueden equipararse ambos derechos, que son de orden diferente.

    No cabe tampoco considerar la hipótesis de legítima defensa de la madre, puesto que la legítima defensa nunca se refiere a un inocente, sino siempre y solamente a un agresor injusto.

    Admitir el derecho al aborto sería tanto como que el Estado otorgara al no nacido el derecho a la vida, pero condicionado a que durante el embarazo –o al menos en una fase de él– la madre no decida su muerte. Una curiosa forma de entender el derecho a la vida.

    Una comparación

    Si el Estado se inhibiera ante el aborto, atentaría gravemente contra la exigencia ética de protección de la vida e integridad de los individuos, como lo haría –por ejemplo– si se inhibiera ante el uso impune de la tortura por parte de la policía.

    La tortura es abominable, y nadie podría justificarla aduciendo que los torturadores piensan que se trata de un asunto que pertenece a su propia conciencia y son por tanto libres de practicarla si lo consideran oportuno.

    —¿Y por qué crees que se comprende tan claramente en el caso de la tortura, y sin embargo no ocurre así con el aborto?

    La tortura nos la podemos imaginar fácilmente en toda su crudeza y todo su horror, pero, en cambio, hay que hacer un esfuerzo para imaginar la realidad cruda y horrible de un aborto provocado.

    Pero si una madre, antes de decidirse a abortar, viera en vídeo lo que va a suceder con su hijo, me temo que muy pocas madres llegarían a abortar.

    —Antes hablabas de exigencias éticas del Estado. ¿Quieres decir que el Estado tiene que sancionar todo lo que la moral prohíbe?

    No. Por ejemplo, el Estado no puede sancionar las conductas inmorales que permanezcan en el terreno de la intimidad de las personas. Tampoco castiga algunas otras, aunque se produzcan en el fuero externo, porque es preferible tolerarlas, para evitar así males mayores (por ejemplo, porque lesionarían sensiblemente algunas libertades: así sucede con la mentira, por lo que la mayoría de los Estados sólo penalizan la mentira “cualificada”: perjurio, falsedad en documento público, etc.).

    Pienso que el aborto está entre las que sí debe sancionar, pues con la legalización del aborto la autoridad civil legitimaría esa bárbara libertad que se toma el fuerte sobre el débil, y omitiría uno de sus deberes más primarios: la defensa de la vida inocente.

    El Estado ha de poner los medios necesarios para que no se practiquen abortos, del mismo modo que ha de velar para que no se asesine, se viole o se robe.

Tolerar el atentado 

contra el derecho fundamental a la vida 

sería una de las formas 

más radicales de intolerancia: 

la que no tolera el desarrollo normal 

de vidas humanas incipientes. 

    —De todas formas, de poco sirve declararlo ilegal, pues si en su país no pueden abortar, lo harán viajando al extranjero.

    Con esa lógica, siempre habría que armonizar internacionalmente las leyes al nivel ético más bajo, adaptando cada una de ellas a las del país en el que hubiera mayor relajación en ese punto.

    Acabaríamos, por ejemplo, teniendo que legalizar la venta de órganos de personas vivas con la excusa de que en la India es una práctica tolerada y hay pobres dispuestos a viajar allí para vender uno de sus riñones.

    —¿Y no te parece que se presentan en ocasiones algunos casos límite en los que el aborto debía estar permitido?

    Es indudable que se dan casos especialmente conmovedores. Casos que incluso parecen justificar el recurso a procedimientos extremos. Pero nunca puede admitirse como solución matar a un ser humano inocente.

    Otra cosa es que todas las legislaciones penales contemplan con carácter general algunos casos en los cuales una persona se ha podido ver inducida física o psíquicamente a cometer un delito (cualquier delito, no sólo el aborto), y establecen entonces una exención parcial o total de la responsabilidad penal del autor.

    Egoísmo masculino e intolerancia social

    El conocido director de cine italiano Franco Zeffirelli jamás ha escondido la verdad sobre su nacimiento. Su padre natural, Ottorino Corsi, que era mercader de seda, estaba casado, pero no con la que fue su madre, Alaide Garosi.

    «Yo sé bien –explicaba– lo que significa nacer contra el parecer de los demás, porque soy hijo ilegítimo. Mi nacimiento fue un escándalo. Mi madre, que era modista, perdió toda la clientela que tenía en la buena sociedad florentina. Y desde el primer momento tuvo que vencer mil obstáculos para que yo naciera. Hasta su madre, mi abuela, quería que abortase. Le decían que yo estaría condenado al ostracismo. Y sin embargo, ella se negó en redondo a abortar.

    »He pasado la infancia en una situación irregular, pero siempre bajo el signo del amor, y esto sí que me ha influido. Mi madre perdió sus clientes, pero decía que no le importaba nada.

    »Yo soy una especie de aborto frustrado. Estoy en el mundo un poco por casualidad. Quizá por eso aprecio más el milagro de la vida.»

    Es obligado reconocer que, en este campo, a veces somos testigos de verdaderas tragedias humanas. Tragedias que nos hacen comprender la necesidad de apostar con valentía en favor de la mujer, que es quien, en casos como éste, suele pagar el más alto precio por su maternidad (y más alto aún cuando opta por destruirla).

    Muchas veces, la mujer es víctima del egoísmo masculino, cuando el hombre que ha contribuido a la concepción de la nueva vida, no quiere luego hacerse cargo de ella y echa la responsabilidad sobre la mujer. Precisamente cuando la mujer tiene mayor necesidad de la ayuda del hombre, éste se comporta como un cínico egoísta, que antes fue capaz de aprovecharse del afecto y de la debilidad, pero luego es refractario a todo sentido de responsabilidad por el propio acto.

    Es una pena que por la presión del egoísmo masculino, o de ese ambiente de intolerancia social, se fomente tantas veces el aborto en mujeres que querrían ser madres pero claudican ante esas crueles muestras de incomprensión. La única actitud honesta en este caso es la de una radical solidaridad con la mujer.

    Son personas que pueden haber cometido un error, pueden haberse equivocado, pueden haber sido débiles; pero, una vez que eso ya ha sucedido, hay que saber comprender, y dar facilidades a esas personas para que puedan vivir con dignidad.

    No es lícito dejarlas solas. En casos como éstos, la experiencia de los centros asesores es que la mujer no quiere suprimir la vida que lleva en su seno. Si es ayudada, y si al mismo tiempo es liberada de la intimidación del ambiente circundante, entonces es capaz de apostar por la vida, incluso con heroísmo.

    El origen de una vida puede ser ilegítimo, pero si esa vida ya existe, la sociedad debe protegerla, venga de donde venga. De lo contrario, en nombre de la moralidad se puede forzar a cometer un grave atentado contra la vida del más inocente de todos los afectados por el problema.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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