Corazón y alma

 El corazón como símbolo  

   Entre los instrumentos conceptuales que el ser humano utiliza desde los albores de la civilización, se encuentran los símbolos, que son representaciones de ideas de que suelen ser de gran riqueza de contenido, llenas de aspectos y matices diversos, con los que nos referimos a muchas cosas importantes que nos parece preciso simbolizar, con objeto de de fijar en nuestra memoria o en la de los demás, ese rico e importante contenido.En el amplio mundo de los símbolos que utilizamos, el querer humano se suele situar en el corazón.

   Existe una simbología muy antigua sobre el querer humano, no el simple querer una cosa, sino cuando nos referimos al sentimiento o cariño humano entre las personas en la que éste aparece situado o simbolizado en el corazón. Este sentimiento de cariño aparece a su vez contrapuesto a la inteligencia la cual se suele atribuir a la cabeza, donde se halla el cerebro que permite ejercitar la facultad de pensar o razonar.

   La dialéctica entre la cabeza y el corazón así simbolizados, está documentada en la historia del pensamiento humano al menos desde el siglo V antes de Jesucristo, en el cual el sabio griego Alcmeón de Crotona, habla ya de la disputa que se da en el ser humano entre el corazón y la cabeza. Al igual que la mayor parte de los filósofos posteriores, Alcmeón sostiene la superioridad de la cabeza sobre el corazón. El logos –la palabra el conocimiento en griego- se considera hegemonicon, es decir, hegemónico con respecto al corazón.

   La filosofía ha sido siempre construida y desarrollada en forma predominantemente “masculina” puesto que, en la mencionada disputa, la simbología, tanto de tradición griega como judaica,  ha entendido siempre al hombre como cabeza pensante y a la mujer como corazón que siente, sin que ello llegase nunca a significar que el hombre no sienta o la mujer no piense, sino que el hombre es un ser predominantemente pensante y la mujer un ser predominantemente sentiente. De ahí que no parece que sea casual el famoso intelectualismo predominante en la tradición filosófica occidental, impregnada de esa simbología, quizás también porque esa filosofía ha sido desarrollada en su inmensa mayoría por hombres.

   El apóstol San Pablo de Tarso, en su I Epístola a los Corintios, simboliza la preponderancia del varón sobre la mujer, diciendo: “Y deseo recordaros que cualquier varón tiene a Cristo por cabeza, mientras que la mujer tiene al varón por cabeza; y Dios es la cabeza de Cristo” (I Cor. 11, 3), identificando metafóricamente con este modo de expresarse, la cabeza con la inteligencia y dándole a ésta la supremacía, por ser la facultad más noble que poseemos los seres humanos. 

   El corazón y la memoria

   Sin embargo, el corazón, considerado no fisiológicamente, sino como símbolo huma-no, ha ido recibiendo a lo largo de la historia del pensamiento, distintas interpretaciones matizadamente diferentes, como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta la diversidad casi infinita del espíritu humano. Comúnmente, todos los pensadores que han especulado sobre ello, coinciden en su interpretación básica afirmando que está en la esfera de la voluntad, que tiende constantemente a querer nuevas cosas, nuevos apetitos, sensaciones, experiencias, ilusiones o ideales, pero la explicación que cada filósofo ha dado es, lógicamente, sensible-mente distinta. Una tesis clásica es la platónica, con la que coincide en buena medida el pensamiento católico, al considerar el corazón –aunque Platón no utiliza esa manera de decir- en relación con la memoria.

   La memoria es una facultad que forma parte de la inteligencia del ser humano, en la medida en que le sirve a éste para, a través de las experiencias y conocimientos acumulados, elaborar juicios y llegar a conclusiones que le sirven para forjar el núcleo de sus principios y convicciones con los que desenvolverse en el transcurso de su vida, formando parte de su personalidad. El evangelista San Lucas se refiere a esta estrecha relación del corazón con la memoria, cuando dice en su Evangelio: “Y su madre guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2, 51).

   Existen dos clases de memoria: la memoria mecánica a la que solemos referirnos cuando usamos la expresión “aprender algo de memoria”, para la que nos servimos de ciertas reglas mnemotécnicas por medio de las cuales nos acordamos de algo durante un tiempo indeterminado. Esta es una memoria puramente superficial, coyuntural, y las reglas mnemotécnicas que empleamos, son un andamiaje o instrumento para retener alguna cosa en la inteligencia durante un lapso de tiempo generalmente corto; sirve simplemente para aprender una lección o para aprobar una asignatura por la que no tenemos un especial interés, o bien ese interés se circunscribe a un hecho determinado o al momento de ser preguntados en un examen. De esta clase de memoria deriva la común, triste y vulgar definición de cultura como “aquello que te queda en la cabeza, tras olvidar con el paso del tiempo, buena parte de lo que estudiaste”. Y es que esta memoria se pierde fácilmente con el tiempo, no persiste apenas, porque sentimos hacia ella un interés pasajero y superficial.

   Otro tipo diferente de memoria es la que se pone en ejercicio con el gusto, la ilusión o el interés extraordinario por algo o alguien; en este caso, sin apenas esfuerzo ni reglas o andamiajes de ninguna clase, esa experiencia, ese conocimiento adquirido nunca se olvida del todo. Más aún, lejos de perderla, se va metiendo cada vez más dentro del corazón, se analiza con más detalle y se conoce mejor, más fondo, mi conocimiento acerca de aquello se enriquece comparándolo con otros conocimientos o experiencias posteriores. Es lo que solemos llamar memoria selectiva muy propia de los años de vejez del ser humano, más dados a recuperar los recuerdos de la infancia o de la juventud, o más sencillamente de los momentos más felices que se han tenido en la vida. Es también propia de las personas alejadas temporalmente de su lugar de nacimiento o del sitio donde han pasado una parte importante de su vida, las cuales recuerdan con nostalgia esos acontecimientos que se dice que han dejado honda huella en el corazón.

   Esta segunda clase de memoria es siempre positiva, enriquecedora de la personalidad, y es la que hay que desarrollar, porque ayuda a forjar unos principios, unas normas fundamentales de actuación, que se han reflexionado en lo profundo del corazón humano y le sirven a éste de orientación esclarecedora para la sucesiva toma de decisiones en que consiste la vida humana.

   El corazón y la imaginación

   La vida de todo hombre sobre la tierra es cambio, modificación constante, a impulso de sus necesidades y deseos. En efecto, además de satisfacer sus necesidades más elementales como las de alimentación para subsistir, disponer de una vivienda para guarecerse, vestido para no ir desnudo, etc. el hombre nunca deja de tener deseos cuya realización supone cambios constantes, tanto en el interior de su corazón como en el exterior de su carácter. Además, en su relación con el mundo circundante se producen continuamente cambios de todo tipo: climatológicos, de relaciones humanas, de empresa o entidad, de ciudad o lugar donde se vive habitualmente, etc. Por si fueran poco significativos esos cambios exteriores, el interés de nuestro corazón está constantemente moviéndonos a querer nuevas cosas que satisfagan nuestra imaginación o nuevas sensaciones que nos impidan caer en la monotonía o el aburrimiento.

   La imaginación es otra facultad subsidiaria del hombre semejante a la memoria, que nos ayuda a pensar con mayor facilidad lo que queremos hacer o conseguir, al presentar en nuestro interior imágenes más o menos nítidas y adelantadas de las consecuencias de nuestros deseos y de las acciones que debemos ejecutar para conseguirlos. Además de ser una facultad positiva y atractiva proveniente de nuestra sensibilidad, lo peligroso de la imaginación cuando se ejercita acerca de nuestra propia vida, es que como se trata de un pensamiento interior sensible, adelantado e impreciso acerca de un futuro más o menos cercano, ésta puede impulsarnos a equivocarnos porque sus perfiles pueden fácilmente pueden no estar bien delimitados o fundamentados –lo que se suele decir cuando afirmamos que la imaginación nos engaña- y al no cumplirse en la realidad la satisfacción imaginada en la realización de nuestros deseos, generalmente ese cumplimiento nos decepciona más tarde o más temprano. Santa Teresa de Jesús, tachaba a la imaginación humana como la “loca de la casa”, por su difícil aprehensión y control por parte de la voluntad.

   Por eso ocurre que muchas veces, los deseos que experimentamos son consecuencia de la imaginación, que se apodera de ellos, los intensifica, los agranda y los desordena fácilmente, haciéndolos no corresponder con la comprensión adecuada y sensata de la realidad. Ante la esencial constitución del hombre como ser ineludiblemente inclinado a la satisfacción de sus ilusiones, deseos y necesidades, lo ideal sería que el principal de esos deseos fuera el de mejorar su vida todo lo posible, haciendo el bien a los demás y a sí mismo, aunque por desgracia, suele suceder frecuentemente lo contrario, cuando el hombre busca la satisfacción de sus deseos egoístas en primer lugar y además pone en juego su imaginación y su inteligencia para conseguirlos, sin tener en cuentas los deberes de la justicia.

   Esa suele ser la explicación, por ejemplo, cuando en el matrimonio se produce la ruptura del vínculo de la unión conyugal que supone el divorcio, por parte de alguno de los cónyuges o por los dos al mismo tiempo. El corazón del cambio de actitud –la razón de él en el ser humano- es con frecuencia, el deseo de experimentar algo nuevo que se aprecia como apetecible conectado principalmente con la imaginación que ponemos en ejercicio al desear esa novedad. Necesito (cambiamos el concepto a nuestra conveniencia, hablando de necesitar en lugar de desear) cambiar de pareja porque la que tengo me decepciona; necesito cambiar de coche porque el que tengo se ha quedado anticuado en prestaciones; necesito cambiar de casa porque no dispone de tales o cuales comodidades que ofrece hoy día el mercado; necesito cambiar de televisor, de ordenador, etc. Necesidades de cambio originadas todas ellas por la evolución constante de los productos que aparecen en el mercado, los cuales mejoran la satisfacción que ofrecen los que ya poseemos y por nuestra imaginación alocada puesta en la consecución de nuestros deseos.      

   Precisamente porque el origen del cambio es el deseo, se considera que el ser humano es libre en cuanto que es desiderativo (y viceversa, se dice que es desiderativo en cuanto que es libre) por lo que mantiene siempre abierta esa capacidad de desear, puesto que el simple hecho de negar los deseos y en la medida de que esa negación fuese total o parcial, sería camino de autodestrucción como ser humano. El hombre es un varón de deseos. Ya Aristóteles había dicho que el alma es deseo.

   Deformaciones del concepto de corazón

   El egoísmo. Sin embargo y paradójicamente, cuando en el amor humano el corazón es impulsado preferentemente por la imaginación, movida generalmente por el egoísmo de pensar casi exclusivamente en la propia fruición o satisfacción de los deseos, no lo es de modo pleno, porque no se quiere al otro en cuanto otro, sino sólo al otro imaginado por y para uno, y además porque no integra el conocimiento intelectual, con la afinidad de ideales y principios y la voluntad de buscar el verdadero bien del otro. Falla el conocimiento de la otra personalidad, de su riqueza cultural, sus aspiraciones, sus ilusiones, y se cierran los ojos de la inteligencia o ésta se aparta a un lado, ante la supremacía de los sentimientos o incluso del sexo que lo justifica erróneamente todo para conseguir los propios deseos. Falta la generosidad de buscar la verdadera felicidad y el bien de la otra persona y sobra egoísmo.

   Esto sucede muchas veces con lo que se ha dado en llamar el primer amor: el corazón, impulsado más bien por la ingenuidad del desarrollo de los primeros sentimientos hacia personas del sexo opuesto, aliado con el natural egoísmo propio de la adolescencia o de la primera juventud, se adelanta a la razón prescindiendo de consideraciones intelectuales y de respuestas o reflexiones que alimenten justificadamente esa inclinación sentimental y ello tanto en el hombre como en la mujer. Por eso se ha dicho tradicionalmente: primer amor, primer dolor. El problema está en conocer realmente y querer a la otra persona generosamente, es decir, querer al otro en cuanto otro, ya que tendemos a quererlo en cuanto objeto de la propia imaginación y la relación humana se rompe cuando se descubre que sólo se es instrumento del egoísmo del otro.

   El consumismo. El corazón del cambio, dominado por el deseo imaginativo de poseer nuevas y mejores cosas materiales, produce un continuo cambio de corazón. Trae consigo la conversión del comercio, de la oferta constante de bienes en el mercado, en elemento no solamente básico y necesario para contribuir al bienestar humano –como le corresponde en realidad- sino incluso en algo predominante y, en cierto sentido, cuando se exagera el deseo o la necesidad, en algo apabullante en la vida social, puesto que aparece en todos los medios de comunicación social y en numerosos lugares, sobre todo de las grandes ciudades. Es lo que se denomina consumismo o afán de tener cosas, de poseer más cosas, de consumir mucho más de lo que necesitamos para vivir: se puede vivir entonces para consumir o para tener, no para ser, como recordaba el Papa Juan Pablo II. La sociedad moderna, impulsada por la competitividad industrial y la insistente publicidad de los productos y servicios, no se contenta con la mera satisfacción de las necesidades elementales o de los deseos comunes, sino que aspira a disponer de los máximos y mejores bienes. Esta hipertrofia consumista, es una muestra de materialismo y de individualismo, porque lo que se desea es vivir mejor, rodeado de cosas materiales, de placeres sensibles, de comodidades que hacen la vida corporal más placentera y agradable, sin apenas prestar atención a los bienes del espíritu, porque esos bienes, con sus exigencias de sobriedad y austeridad, van en otra dirección que no se desea emprender. Se acalla la voz del corazón para dejarse llevar por constantes y nuevas apetencias materiales.

   El apasionamiento. El ser humano tiende en ocasiones a sublimar sus sentimientos o sus deseos, con rasgos de apasionamiento que ensombrecen su inteligencia y su voluntad, y deforman los sentimientos de su corazón, hasta rebasar con creces todo límite de sensatez y conveniencia humana, en medida proporcional a lo excesivo de su pasión desbordada. Esto sucede con la Política, con el poder político de dirigir y disponer acerca de la vida de otras personas, con el afán desmedido de riquezas y sobre todo con los sentimientos de amor humano ciego e incontrolado. En este último caso, no importa que exista gran diferencia de edad, de clase o posición social, de estado casado, religioso, etc.; todo se sublima en aras de un amor, de un corazón deformado por el apasionamiento que puede arrastrar a los seres humanos a superar toda clase de lo que algunos llaman convencionalismos sociales, e incluso al suicidio o al asesinato con tal de conseguir sus deseos, la satisfacción de sus sentimientos. Un buen ejemplo de ello es la novela romántica Cumbres borrascosas, de la novelista inglesa Emily Brontë, que describe constantes y tempestuosas relaciones apasionadas entre los protagonistas.

   El sentimentalismo. Es otra deformación del corazón. También en esta caso la inteligencia cede su primacía al corazón deformado que se recrea en la dulzura de los sentimientos desarrollados por imágenes que pueden ser tanto exteriores como interiores. Prevalece ese mecerse en la agradable sensación de los sentimientos descontrolados, imaginativos, sin ninguna o escasa relación con la realidad circundante. Con razón se ha dicho que, el que deja que le dominen sus sentimientos, además de un sentimental, es un tonto, porque tiene razón y no sabe utilizarla correctamente colocándola en el lugar que le corresponde en su vida. Algunas veces, las madres, que tanto saben de sentimientos, de ternura y de comprensión del corazón acerca de los hijos por los que sacrifican tanto, caen en esta deformación del corazón de olvidar la razón de sus deseos. Como aquella madre que decía a su hijo, piloto de aviación, cuando se desprendía de ella para emprender un nuevo viaje: “hijo mío, vuela despacio y bajito para no hacerte daño”, que es en realidad lo contrario de lo que debe hacer el piloto de una aeronave cuando con ella surca los cielos, para no hacerse daño. 

   El auténtico concepto de corazón

   Estas actitudes que he enumerado, suponen algunas de las deformaciones del concepto de corazón y se contraponen al entendido tradicionalmente como característico de la actitud filosófica y religiosa. Desde el punto de vista filosófico, vemos que el famoso Platón es un filósofo religioso, puesto que su modo de pensar es precursor, en muchos aspectos, del cristianismo que aparecerá algunos siglos más tarde, y así es acogido e interpretado por San Agustín. Platón cree en la inmortalidad del alma humana y en la futura existencia de otra vida más allá de la presente, más placentera y que estará en relación con la que hayamos llevado en la actual. Aunque aparentemente hay en él una primacía del conocimiento, del logos, hay en realidad tanta primacía del corazón como del logos. Ese equilibrio del conocimiento y del sentimiento, nos conducen al umbral el auténtico concepto de corazón, que es a la vez filosófico y religioso. Aristóteles da muestras en su pensamiento de una sabiduría inconmensurable que ha dejado profunda huella en el pensamiento occidental cristiano, sobre todo a través de Santo Tomás de Aquino. Pero no da muestras de religiosidad, sino de un humanismo profundo y comprensivo de la amplia complejidad de la naturaleza humana.

   Blaise Pascal, el teólogo francés y pensador católico, afirma en uno de sus pensamientos: “el corazón es el que siente a Dios, no la razón, he aquí lo que es la fe”; y también dice: “Dios es sensible al corazón, no a la razón pura”. No obstante, el corazón no sólo es sentimiento como insinúa Pascal –por más que éste lo entienda con amplitud- sino el lugar de la conciliación del sentimiento, de la razón y de la voluntad. Y esa conciliación cuando se consigue armonizar, llena la vida de comprensión y de realismo. Por el contrario, no es realista ni acertada una concepción meramente filosófica de la vida humana, porque falta el corazón, ya que éste es el órgano de la síntesis, de la mediación y de la conciliación.

   Friedrich Hegel, el filósofo alemán, lo vio al principio: “el corazón es la conciliación”, es el lugar de ella, sostiene en sus Escritos de juventud. Pero luego pensó erróneamente, que la razón dialéctica podía conciliar todavía más que el corazón; por eso mantuvo que la filosofía estaba por encima de la religión. El resultado fue la caída en lo que quiso evitar: el abstraccionismo o idealismo abstraccionista. Y es que la razón pura cognoscitiva no basta para captar la realidad, porque no puede comprender por sí sola existencialmente al otro.

   Auguste Comte, en su Discurso preliminar, lo sugiere con claridad: “El impulso –dice él- del corazón bajo la influencia femenina, es indispensable sobre todo porque frena la tendencia natural de los filósofos a usar casi exclusivamente la razón y hacer que sus especula-ciones abstractas degeneren en ociosas divagaciones que apenas tienen interés fuera del propio autor de ellas”. Efectivamente, cuando el filósofo sólo tiene en cuenta la cabeza, es decir, la razón, para captar la realidad, tan solo capta una parte ínfima de ella y cae en la deformación del intelectualismo, se convierte en un ser abstracto, idealista. Se posiciona en las nubes o en su mundo interior, vive abstraído de la realidad que le circunda, Los abusos de la razón, dice Comte, y los de la actividad intelectualista, no pueden ser detectados y sobre todo corregidos, más que por el amor de comprensión que procede del corazón, porque es el único que los entiende, porque los sufre directamente. Por eso se suele afirmar que la mujer tiende a ser más comprensiva y el hombre por su intelectualismo, suele ser arrogante.

   Es un viejo tópico el de la mujer vanidosa, pero la vanidad femenina se construye sobre el deseo de agradar, lo que en principio, implica amablemente al otro. Pero la peor vanidad es la del intelecto, la masculina, que consiste en creer que se tiene el poder de diseñar o explicar el mundo mejor que los demás o que se ha de aceptar o hacer lo que uno piensa porque es más acertado o importante. Sin duda que la razón es siempre más importante que el sentimiento, pero no es comprensiva. El corazón, cuando es verdadero y auténtico, es decir, cuando se ha sabido armonizar el conocimiento intelectivo con el sensitivo y con la voluntad, es el centro mismo de la vida humana. Sin embargo, para que se dé esta armonía existencial, el corazón humano necesita ser religioso; por eso dice la Sagrada Escritura en el libro de los Proverbios: Guarda tu corazón con toda cautela, porque de él brotan manantiales de vida. Y también dice por medio del profeta Isaías: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

   Si el alma es el principio de unidad que nos convierte en hombres, el corazón es el principio superior de unificación que nos humaniza, que nos hace verdaderamente humanos. El hombre es el único ser de este mundo que necesita aprender a ser para devenir en quien es. El que sólo desea con la imaginación es un hombre, un soñador, pero no es humano; el que sólo se guía por el pensar es un idealista abstraído en su mundo interior; el que se guía preferente o casi exclusivamente por los sentimientos es un sentimental; y el que sólo se guía por el deseo es un voluntarista, un egoísta o un caprichoso, según dónde o cómo aplique su voluntad. Sólo quien tiene un verdadero corazón capaz de conciliar y jerarquizar sus pensamientos, sus sentimientos y su voluntad, es verdaderamente humano. Por eso nos dice Jesucristo en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y es equivocado afirmar como dice Kart Marx que la religión es “el corazón de un mundo sin corazón”, sino que, bien entendida, la religión es en realidad el ejercicio de la transformación interior del hombre, basado en la entrega del corazón, que inclina a conocer, respetar y querer al otro y sobre todo a Dios, y que, al lograrlo en cuanto les es posible, ilumina a la vez que potencia la propia vida y la de los demás con quienes convivimos.    

   En definitiva, se puede afirmar que el corazón, rectamente entendido, sin deformaciones que lo desvirtúen, es el centro de todo ser humano, tanto masculino como femenino. Que los símbolos nos ayudan a empezar a captar mejor los diversos aspectos y matices de la vida humana, pero no deben entenderse más que como lo que son: alegorías expresivas de razones orientativas que no pueden sustituir la comprensión personal de la realidad. Y es también el centro de la religión, porque así lo ha querido y explicado el mismo Dios. Cuando está bien centrado o formado, nos proporciona serenidad, felicidad, plenitud y alegría, y es como el faro de la costa que no cesa nunca de orientar a los barcos en las tinieblas de las noches oscuras y tempestuosas.
   Roberto Grao Gracia

Otros temas relacionados:
Conócete a ti mismo 
Las ocho claves del éxito matrimonial 
Otros artículos sobre los SENTIMIENTOS 
Enviar a un amigo

About these ads