Son muchos los aspectos o dimensiones que ofrece la sexualidad: así se habla de una dimensión procreativa, afectiva, cognoscitiva, hedonista, educativa, religiosa, etc. Aquí nos interesan sobre todo cuatro aspectos: generativo, afectivo, cognoscitivo y teocéntrico (1).    Pero para comprenderla cabalmente, se requiere un estudio global, analizando los distintos elementos que comporta e integrándolos en la totalidad de la persona. Así lo hace el Catecismo: «La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro» (2). Porque la consideración aislada de la sexualidad, como sucede frecuentemente, tiene el evidente peligro de desvincularla del conjunto total de la persona y, por tanto, de exagerar su papel en la existencia humana. El hombre es un ser sexuado, pero eso no significa que apenas sea otra cosa que sexo (3). Esta absolutización de lo parcial – en frase de R. Allers – fue el error que cometió Freud con su doctrina del psicoanálisis, tan presente curiosamente en gran parte de los planteamientos actuales sobre el sexo (4).      La doctrina cristiana postula que para penetrar en la verdad y significado último de la sexualidad hay que admitir a la vez la unidad sustancial de la persona y que la sexualidad pertenece al modo de ser de la persona humana (5). Dado que la persona humana es la totalidad unificada cuerpoespíritu – ésa es la realidad que llamamos hombre (6) – y puesto que esa totalidad no tiene otra posibilidad de existir que siendo hombre o mujer, la sexualidad es constitutiva del ser humano.   En cualquier caso, una explicación antropológica nos parece insuficiente para sostener los principios morales cristianos en materia de sexualidad en el ambiente cultural de nuestro mundo. Se hace necesaria una referencia directa a Dios, de Quien el hombre es imagen (7), para alcanzar una mínima comprensión de las características y exigencias del amor personal y, por tanto, de las directrices morales que lo salvaguardan. Esto nos lleva, aunque sea muy brevemente, a una explicación teológica del tema.——

(1). Cfr. POLAINO-LORENTE, A., Sexo y cultura, Análisis del comportamiento sexual, Rialp, Madrid 1992, pp. 12 Y 195. Esta obra nos parece sumamente interesante ya que aborda todas las cuestiones de modo novedoso y profundo.

(2) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2332.

(3) Nos parece muy interesante aludir a la diferencia que existe en el castellano entre los adjetivos «sexual» y «sexuado». Como señala el filósofo ]ulián Marías, «la actividad sexual es una provincia de nuestra vida, muy importante pero limitada, que no comienza con nuestro nacimiento y suele terminar antes de nuestra muerte, fundada en la condición sexuada de la vida humana en general, que afecta a la integridad de ella, en todo tiempo y en todas sus dimensiones» (Antropología metafísica, Ed. Revista de Occidente, Madrid 1970, p. 160).

(4). Sobre la vigencia actual del psicoanálisis, cfr. EYSENCK, H.J. (profesor de Psicología de la Universidad de Londres), Decadencia y caída del imperio freudiano, El Laberinto 29, Ediciones de Nuevo Arte Thor, Barcelona 1988. Son también interesantes los comentarios de VAN OER VELOT, J. y OOENWALO, R.P., en Psiquiatría y Catolicismo, Ed. Luis Caralt, Barcelona 1969, pp. 127-181; y de LÓPEZ-IBOR, J.J., La agonía del psicoanálisis, Rialp, Madrid 1951. Recordamos que la crítica más fuerte se debe a ALLERS, R., The successful Error, Sheed and Ward, Londres 1941 (traducida en Argentina, El error que tuvo éxito).

(5). «La sexualidad se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2337); cfr. Enc. Familiaris consortio, n. 11; Const. Gaudium et Spes, n. 14.

(6) Enc. Familiaris consortio, n. 11

(7). «”Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). El hombre ocupa un lugar único en la creación: “está hecho a imagen de Dios”; en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material; es creado “hombre y mujer”; Dios lo estableció en la amistad con Él»: Catecismo de la Iglesia Católica, n. 355.

Del Libro: Medicina pastoral. Miguel Ángel Monge. EUNSA. Pamplona, 2002, pp. 235 ss.

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